Como son gente de orden, las fuerzas de la izquierda independentista anticapitalista hicieron también su tradicional manifestación con ocasión de la Fiesta, durante la cual se quemó una bandera española, una francesa y una europea, así como algunas postales con la efigie de Felipe VI. Preguntados por el hecho, miembros de la organización han respondido que se trata de una “manifestación de la libertad de expresión”.

La libertad de expresión, un concepto tan agradecido que cada cual lo entiende y lo practica como quiere. Pero tanto en este caso como en otros de signo ideológico muy diferente e incluso contrapuesto, conviene recordar el principio básico de la libertad de expresión, que es el mismo de cualquier forma de libertad: esto es, que la libertad de expresión tiene límites, por mucho que esta palabra dé miedo.

¿Qué es y qué no es “libertad de expresión”?

Esto quiere decir que tu libertad de expresión deja de ser operativa cuando el único resultado que obtienes (aparte de jugar un rato con fuego, por ejemplo) es regalar argumentos a tus adversarios. ¿Qué se supone que tenemos que esperar que pase, después de quemar una bandera española y la imagen de un rey en la vía pública? Como efectos inmediatos, cabe esperar portadas indignadas y el sabido alud de críticas en las redes sociales. Es decir, nada. Particularmente, puedo decir que las quemas de banderas nunca me han afectado (me ofende mucho más que se me quemen las patatas), y también doy por amortizada mi indignación por la incineración de fotografías de quien sea. Pero esta, la de las preferencias y las filias y fobias de cada cual, no es la cuestión.

La cuestión es de orden público, otro concepto que también es muy del gusto de las organizadoras de esta manifestación, pero que no se puede dejar de tener en cuenta. La República Catalana deberá tener orden público, como todos los estados del mundo, y entonces el tema de la destrucción de símbolos e imágenes sí que tomará importancia.